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Cuando la guerra llega a las calles de tu ciudad

Escrito por Gustavo

Las guerras suelen empezar lejos.

En mapas militares, en despachos donde se toman decisiones que afectan a millones de personas, en regiones que parecen remotas para quienes viven en otras partes del mundo.

Pero a veces terminan apareciendo en lugares inesperados: en la puerta de una sinagoga, en una escuela, en un bar cualquiera.

La madrugada del 1 de marzo ocurrió algo así en Austin, Texas. Un bar abierto, conversaciones que se alargaban, la música baja típica de la noche. De pronto, disparos. Tres personas murieron. El atacante llevaba una sudadera con la frase “Property of Allah” y una camiseta con la bandera iraní. En sus redes sociales había publicado mensajes antisemitas.

Ese fue el primer episodio.

En apenas doce días de marzo se registraron ataques antisemitas graves en varios países. Hubo tiroteos, amenazas directas contra sinagogas, intentos de atentado y agresiones contra personas judías. No ocurrió en un solo lugar ni en un solo continente. Apareció casi al mismo tiempo en distintos puntos de Occidente.

Cuando algo así sucede, siempre aparece la tentación de verlo como hechos aislados. Un ataque en Estados Unidos. Otro en Europa. Algún incidente más en América Latina.

Pero los judíos saben que estas cosas rara vez ocurren por separado.

Hay momentos en que el clima cambia.

Y hoy ese clima tiene un detonante claro: la guerra.

La confrontación entre Israel, Estados Unidos e Irán abrió un nuevo frente de tensión en Medio Oriente. Sin embargo, el conflicto no queda contenido allí. De una forma u otra termina proyectándose sobre comunidades judías que viven muy lejos del frente militar.

Esto ya ocurrió antes.

En 1973, durante la Guerra de Yom Kippur, las sinagogas europeas reforzaron su seguridad ante el aumento de amenazas. Durante la Segunda Intifada, a comienzos de los años 2000, las agresiones contra judíos en ciudades de Francia y Bélgica se dispararon. En 2014, durante la guerra de Gaza, manifestaciones supuestamente políticas terminaron con ataques contra instituciones judías en varias ciudades europeas.

Cada vez que Israel entra en guerra, el antisemitismo reaparece en otros lugares.

Y aparece de una manera muy particular.

Para el antisemitismo contemporáneo, el judío de la diáspora funciona como representante simbólico del Estado judío. No importa si vive en Montreal, Oslo o Montevideo. No importa si participa o no en la política israelí.

La lógica es simple: si Israel está en guerra, cualquier judío puede convertirse en blanco.

La historia del pueblo judío está llena de episodios así. Durante siglos, incluso cuando no tenían poder político ni control territorial, los judíos fueron acusados de conspirar contra sociedades enteras o de provocar acontecimientos que ocurrían muy lejos de sus comunidades.

Hoy esa lógica adopta una forma distinta.

Muchas veces se presenta bajo el lenguaje del antisionismo. Israel se transforma en el centro de una acusación moral absoluta y los judíos pasan a ser tratados como cómplices colectivos de ese supuesto crimen.

Criticar decisiones de un gobierno es parte normal de cualquier democracia. Pero atacar a judíos en la diáspora por lo que haga o deje de hacer Israel no es crítica política.

Es antisemitismo.

La diferencia debería ser evidente.

Nadie responsabiliza a ciudadanos rusos que viven en París por la guerra en Ucrania. Nadie ataca restaurantes estadounidenses en Buenos Aires por decisiones tomadas en Washington.

Con Israel, en cambio, la lógica cambia.

Los judíos del mundo entero pasan a ser tratados como extensión del Estado judío.

Los datos de las últimas semanas muestran que el problema está lejos de ser marginal. En pocos días se registraron más de ciento cincuenta incidentes antisemitas de distinto tipo, con un aumento significativo respecto a períodos anteriores. Una parte importante de esos episodios está directamente vinculada al clima generado por la guerra con Irán.

Lo que comenzó como un conflicto militar en Medio Oriente terminó teniendo repercusiones sociales en distintos países.

Incluso en Uruguay.

Lo ocurrido hoy en Montevideo recuerda que ningún país está completamente aislado de los vientos que soplan en el mundo. Uruguay suele verse —con razón— como una democracia estable, lejos de los conflictos que sacuden otras regiones.

Pero el antisemitismo no reconoce fronteras.

Cuando el clima político internacional se enrarece, el eco puede aparecer en cualquier lugar: en París, en Nueva York… o en Montevideo.

Las comunidades judías conocen bien ese ciclo. Cada vez que la tensión internacional aumenta, las medidas de seguridad alrededor de escuelas, sinagogas y centros comunitarios se refuerzan. Aparecen cámaras, controles, vigilancia policial.

Es una rutina incómoda, pero conocida.

Al mismo tiempo, hay algo que conviene recordar: el antisemitismo nunca termina afectando solo a los judíos. Cada vez que ese odio se normaliza, suele venir acompañado de otras formas de intolerancia y violencia.

Por eso el problema va mucho más allá de una comunidad.

Tiene que ver con el tipo de sociedad que se quiere defender.

Las guerras pueden empezar lejos.

Pero cuando el odio empieza a circular en las calles, la distancia deja de importar.

En ese momento la guerra ya no está solo en el frente de batalla.

Ha llegado a tu ciudad.

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Gustavo

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