Si bien aspiramos a acercarnos más a Dios, debemos hacerlo en Sus términos, no en los nuestros.
Después de una tragedia, el instinto humano suele ser el de retroceder, alejarse de la fuente misma del dolor y la confusión. Pero el judaísmo exige algo mucho más difícil: no retroceder, sino resolver; no distancia, sino una devoción más profunda.
Esta tensión se encuentra en el corazón de la Haftorá de Parashat Shemini (II Samuel 6:1-7:17, según la costumbre Ashkenazi), que relata uno de los episodios más desconcertantes de la vida del rey David.
Habiendo consolidado su dominio sobre Israel, David busca llevar el Arca de la Alianza a Jerusalén, transformando la ciudad en el centro espiritual de la nación. Es un momento de alegría y anticipación. La gente se reúne, la música llena el aire y la procesión avanza con gran fanfarria. Pero, de repente, la celebración se convierte en catástrofe.
Mientras el Arca es transportada en un carro, los bueyes tropiezan y un hombre llamado Uza se acerca para sostenerla. En un instante, es asesinado por la mano de Dios.
La reacción es inmediata y profundamente humana. David está conmocionado hasta la médula. El versículo (6:8) nos dice que “David estaba angustiado”, y en lugar de llevar el Arca a Jerusalén, la desvía a la casa de Oved-Edom, donde permanece durante tres meses.
¿Qué vamos a hacer con este impactante episodio? ¿Por qué un acto que parece surgir de la reverencia (el intento de Uza de evitar que el Arca cayera) sería recibido con tanta severidad?
La respuesta, como señalan varios comentaristas, no está sólo en el acto, sino en lo que representó. Al colocar el Arca en un carro, en lugar de cargarla sobre los hombros de los levitas como prescribe la Torá, David se desvió del protocolo adecuado (ver Rashi en el versículo 6:3).
En cuanto a Uza, el gran comentarista del siglo XIX Malbim (Rabino Meir Leibush Wisser, 1809-1879) ofrece una idea crucial. Colocar el Arca en un carro reflejaba una percepción disminuida de su santidad, como si requiriera asistencia física.
El gesto reflexivo de Uza, aunque bien intencionado, reveló un malentendido más profundo. El Arca de Dios no requiere apoyo humano; somos nosotros quienes nos sustentamos en él.
Como enseña el Talmud (Sotah 35a), “El Arca lleva a sus portadores”. La presencia Divina no es algo frágil que requiera nuestra protección; más bien, somos nosotros quienes somos sostenidos por él.
Esta lección resuena poderosamente con los acontecimientos de la propia Parashat Shemini. Allí, Nadav y Avihu, los hijos de Aarón, traen un fuego no autorizado ante Di-s y se consumen en un instante. Puede que sus intenciones fueran elevadas, pero transgredieron los límites establecidos por el Todopoderoso.
En ambos casos, nos enfrentamos a una verdad aleccionadora: la cercanía a Dios no se logra únicamente mediante la espontaneidad, sino mediante la obediencia disciplinada. La pasión debe estar guiada por la ley.
Y, sin embargo, la Haftará no termina en desesperación.
Después de un período de reflexión, David recupera la compostura. Esta vez decide hacer las cosas correctamente. El Arca no es transportada en un carro, sino por los levitas, de acuerdo con los mandamientos de la Torá. La procesión se reanuda y, una vez más, Jerusalén se convierte en el punto central de la celebración.
El gozo de David ahora es desenfrenado. Baila ante el Arca con todas sus fuerzas, dejando de lado la dignidad real en favor de la devoción. Cuando su esposa Mical lo reprende, David responde que seguirá bailando aún más delante de Dios.
La verdadera espiritualidad no se trata de apariencias. Se trata de sinceridad, humildad y sumisión a la voluntad de Dios.
La Haftará luego pasa al deseo de David de construir un templo, pero el profeta Natán entrega un mensaje sorprendente: no será David quien construya la Casa del Señor, sino su hijo. En cambio, Dios promete establecer la dinastía de David para siempre.
Aquí, la narrativa pasa de la iniciativa humana a la divina providencia. David puede anhelar construir un edificio físico, pero Dios le recuerda que la verdadera “casa” no es de piedra, sino de legado.
En nuestra época, a menudo nos sentimos tentados a medir el éxito en términos tangibles: edificios, instituciones, logros. Pero la Haftorá de Shemini nos insta a pensar más profundamente. Lo que importa no es lo que construimos, sino en lo que nos convertimos.
¿Estamos, como David en su intento inicial, confiando en nuestras propias suposiciones? ¿O estamos dispuestos a hacer una pausa y alinearnos con la voluntad Divina?
El viaje del Arca a Jerusalén no fue un camino recto. Estuvo marcado por errores, pérdidas y recalibraciones. Pero al final, llegó a su destino mediante la adhesión al orden sagrado que Dios había ordenado.
Ése es el desafío que nos plantea la Haftará.
La santidad no es cuestión de impulso, sino de instrucción. La reverencia requiere moderación. Y si bien aspiramos a acercarnos más a Dios, debemos hacerlo en Sus términos, no en los nuestros.
El Arca no necesita que la sostengamos.
Somos nosotros quienes debemos aprender a llevarlo.
Fuente original: Leer nota completa

