La política está llena de gestos que algunos prefieren llamar “protocolarios”. El problema es que la historia suele arruinar esa comodidad.
El senador Guido Manini Ríos decidió presentarse en la representación diplomática de Irán en Montevideo para firmar el libro de condolencias por la muerte de Ali Jamenei. Luego explicó que su intención fue expresar solidaridad con el pueblo iraní, “un pueblo de 90 millones de personas que perdió a su líder espiritual”.
La frase podría funcionar si estuviéramos hablando de un país cualquiera.
Pero Irán no es un país cualquiera.
Desde la revolución islámica de 1979, el régimen iraní construyó un sistema político que combina represión interna con proyección de poder a través de organizaciones armadas en distintos puntos del mundo. Esa política no quedó confinada a Medio Oriente.
El Río de la Plata lo sabe demasiado bien.
En 1992 una bomba destruyó la embajada de Israel en Buenos Aires. Dos años después otra explosión demolió la sede de la AMIA y asesinó a 85 personas. Las investigaciones judiciales argentinas y los pedidos de captura internacional apuntaron durante décadas a funcionarios del régimen iraní y a la estructura operativa de Hezbollah.

No es un detalle diplomático. Es historia reciente.
Por eso algunos gestos políticos no pueden esconderse detrás de la palabra “protocolo”. Cuando se firma un libro de condolencias en una embajada, no se saluda a una geografía ni a un paisaje cultural. Se rinde homenaje político a un régimen.
Y ese régimen tiene un prontuario.
La carta enviada por la organización Hamajteret, firmada por su presidente, el Sr. Enrique Kolberg, expresa con claridad el rechazo frente a un gesto que ignora ese pasado y el dolor que dejó en esta parte del mundo.
El pueblo iraní merece respeto. De hecho, es uno de los primeros en sufrir las consecuencias del régimen que lo gobierna. Precisamente por eso resulta extraño que la solidaridad se exprese homenajeando a quienes sostienen ese sistema.
Uruguay ha sabido construir una tradición democrática respetada y una memoria clara frente al terrorismo. Esa tradición no necesita gestos ambiguos.
Porque cuando la historia está escrita con sangre —como ocurrió en Buenos Aires— las firmas dejan de ser un trámite.
Se convierten en una señal.

