Medio Oriente

Si Trump puede golpear a Irán “20 veces más fuerte”, ¿por qué no termina la guerra?

Escrito por Gustavo

Donald Trump lanzó una advertencia que recorrió el mundo: si Irán intenta bloquear el flujo de petróleo en el estrecho de Ormuz, Estados Unidos responderá con un ataque “20 veces más fuerte”.

La frase es contundente. Tan contundente que inevitablemente abre una pregunta incómoda.

Si Washington realmente posee la capacidad militar para golpear a Irán veinte veces más fuerte de lo que ya ha hecho, ¿por qué no utiliza esa fuerza para terminar la guerra de una vez y derrocar al régimen de los ayatolás?

Desde 1979, cuando la revolución islámica tomó el poder en Teherán, el régimen iraní ha construido su identidad política sobre una promesa permanente de confrontación. Sus dirigentes han repetido durante décadas el mismo eslogan: “muerte a América” y “muerte a Israel”. Para ellos, Estados Unidos es el “Gran Satán” y el Estado judío el “Pequeño Satán”.

No se trata de simples consignas retóricas. La República Islámica financia milicias, arma organizaciones terroristas y sostiene una red de aliados armados que se extiende desde Líbano hasta Yemen.

La hostilidad no es un episodio pasajero. Es una doctrina de Estado.

Durante años, los ayatolás también han invocado una narrativa aún más inquietante: la idea de completar el trabajo que Adolf Hitler no pudo terminar, es decir, la destrucción de Israel.

Pero el problema no termina allí.

La visión ideológica del régimen iraní no se limita a Israel ni a Estados Unidos. Su discurso político plantea una confrontación civilizatoria con Occidente. En ese marco, la llamada “revolución islámica” se presenta como un proyecto destinado a expandirse más allá de las fronteras de Irán.

Por eso la pregunta vuelve a aparecer.

Si Estados Unidos puede aplicar una fuerza devastadora —veinte veces mayor, según las propias palabras de Trump— ¿por qué la estrategia sigue siendo la amenaza y no la decisión?

Las guerras modernas suelen prolongarse no por falta de poder militar, sino por la complejidad de sus consecuencias. Derrocar un régimen puede ser militarmente posible, pero políticamente imprevisible.

Irak es el recordatorio más cercano de ese dilema.

Sin embargo, cada nueva amenaza retórica también tiene su costo. Cuando una potencia afirma que posee la capacidad de destruir a su adversario pero no la utiliza, el conflicto entra en una zona ambigua donde la guerra continúa, pero la resolución nunca llega.

Y mientras tanto, el régimen iraní sigue en pie.

La pregunta, entonces, no es solo militar. Es estratégica.

Si la capacidad existe, ¿cuál es exactamente el plan?

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