Hay cosas que uno escucha y siente una alarma vieja, conocida.
No es histeria. Es memoria.
Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas, ha decidido —o eso parece— que su aporte al debate internacional no será la prudencia jurídica sino la claridad ideológica. Y la claridad, según ella, vuelve a apuntar hacia el mismo lugar de siempre: el judío. Esta vez en versión estatal.

No es novedoso. Es incómodamente familiar.
El mecanismo es simple. Se toma al único Estado judío del planeta y se lo describe no como un actor político discutible —como cualquier otro Estado— sino como la raíz estructural del conflicto. No como parte de un problema complejo, sino como el problema en sí mismo. Luego se desliza la idea del “enemigo común” y el mapa moral queda ordenado. Dictaduras regionales, terrorismo islamista, guerras internas, represión sistemática en países vecinos… todo eso pasa a segundo plano. Lo central vuelve a ser Israel.
Siempre es cómodo volver ahí.
Adolf Hitler también simplificaba el mundo de esa manera. El judío era la explicación universal. El enemigo estructural. El obstáculo para la armonía que nunca llegaba. No hacía falta debatir políticas concretas; bastaba con señalar una identidad y convertirla en categoría moral.
No estamos en 1933. No vivimos en la Alemania nazi. Pero los patrones retóricos existen. Y cuando reaparecen, no lo hacen por accidente.
El problema no es la crítica. Israel puede y debe ser criticado. Es una democracia; su propia sociedad lo hace todos los días con intensidad feroz. El problema es cuando la crítica se transforma en deslegitimación, cuando ya no se cuestiona una decisión sino la legitimidad misma de la existencia moral del Estado judío.
Ahí cambia todo.

Y que ese salto conceptual lo dé una relatora de derechos humanos es algo más que un detalle. Se supone que quien ocupa ese cargo maneja precisión, equilibrio, conciencia histórica. No entusiasmo militante. No consignas con eco en foros donde la palabra “Israel” funciona como contraseña ideológica.
No voy a insinuar conspiraciones ni financiamientos oscuros. Eso sería irresponsable. Pero sí es legítimo señalar que el lenguaje empleado coincide con narrativas que durante décadas han buscado aislar, deslegitimar y demonizar al único Estado judío del mundo.
Y eso no es menor.
Cuando desde una tribuna internacional se reinstala la idea de que el judío —ahora bajo la forma de Estado— es el eje del mal regional, el mensaje no queda en los salones diplomáticos. Circula. Se amplifica. Se convierte en consigna fácil, en pancarta, en eslogan moralmente superior.
Después nos preguntamos por qué el clima se enrarece.
Si una relatora especial no distingue entre crítica política y demonización estructural, el problema ya no es Israel. Es la credibilidad del sistema que le dio la voz.
Renunciar sería un gesto de honestidad.
Ser removida sería un gesto de coherencia.
Porque la historia no grita. Susurra.
Y cuando el susurro suena demasiado conocido, ignorarlo no es prudencia. Es comodidad.

