El 23 de agosto de 1939, en Moscú, se firmó el pacto Ribbentrop–Molotov, uno de los acuerdos más reveladores y, a la vez, más incómodos del siglo XX. La Alemania nazi y la Unión Soviética sellaron un pacto de no agresión que, lejos de ser una maniobra circunstancial, puso de manifiesto una compatibilidad política y estratégica que muchos prefieren olvidar. No fue un paréntesis incómodo de la historia: fue el prólogo de la Segunda Guerra Mundial.
El pacto incluía un protocolo secreto que no dejaba margen para la ingenuidad. Ambos regímenes se repartían Europa Oriental en esferas de influencia. Polonia sería dividida. Los países bálticos quedarían bajo control soviético. Territorios enteros serían absorbidos sin consulta a sus pueblos ni a sus gobiernos. No se trató de una política defensiva, sino de una repartija acordada entre dos potencias totalitarias.

La ejecución fue inmediata y coordinada. El 1.º de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia desde el oeste. El 17 de septiembre, la Unión Soviética avanzó desde el este. El Estado polaco desapareció como consecuencia directa de una acción militar conjunta. La guerra no comenzó como una lucha moral contra el mal, sino como el resultado de un acuerdo cínico entre regímenes que compartían una misma lógica de poder.
Durante los meses siguientes, la cooperación fue más allá del reparto territorial. Hubo intercambios económicos, acuerdos logísticos y entendimientos políticos. Materias primas soviéticas alimentaron la maquinaria de guerra alemana mientras ambos sistemas consolidaban sus conquistas. Pero la colaboración no se limitó a lo material.
Tras la firma del pacto, el régimen de Stalin entregó a Alemania listas de militantes comunistas que actuaban en países ya ocupados por los nazis. Muchos de ellos habían combatido al fascismo, confiaban en Moscú y se consideraban parte de una causa común. Fueron arrestados, deportados y, en numerosos casos, ejecutados. La lealtad ideológica fue sacrificada sin vacilación cuando entró en conflicto con los intereses del Estado soviético.

Al mismo tiempo, los aparatos de propaganda se alinearon. En Alemania se prohibieron los mensajes anticomunistas. En la Unión Soviética se prohibieron los mensajes antialemanes. El enemigo ideológico dejó de ser enemigo mientras el pacto estuvo vigente. No fue neutralidad: fue coordinación política y censura cruzada.
Estos hechos desmienten la idea de que el pacto Ribbentrop–Molotov fue un error táctico o una anomalía forzada por las circunstancias. Fue posible —y sostenible durante casi dos años— porque nazismo y comunismo compartían rasgos estructurales profundos. Ambos se presentaban como movimientos del pueblo y de los trabajadores. Ambos subordinaban al individuo al Estado. Ambos destruían el pluralismo político, eliminaban la oposición mediante la violencia y sometían la economía al control estatal. Las diferencias retóricas existían, pero no impedían la cooperación. La arquitectura del poder era compatible.
El fascismo italiano había anticipado ese modelo. Mussolini inspiró a Hitler en la construcción de un Estado autoritario, corporativo y movilizado. El comunismo soviético desarrolló su propia versión de control total, envuelta en el lenguaje de la revolución y la justicia social. El pacto de 1939 demostró que esas variantes podían caminar juntas sin contradicción interna.

La ruptura llegó en junio de 1941, cuando Alemania invadió la Unión Soviética. No fue un quiebre moral, sino una traición estratégica. A partir de ese momento, la guerra cambió de naturaleza para Moscú. Para la Unión Soviética, el conflicto se volvió existencial. El nazismo no buscaba una derrota limitada ni una negociación posterior: pretendía destruir el Estado soviético, esclavizar sus territorios y eliminar a poblaciones consideradas racialmente inferiores. Desde entonces, la guerra en el Este fue una guerra de supervivencia.
Para Alemania, en cambio, cuando el curso de la guerra se revirtió, el conflicto dejó de ser existencial. Alemania no enfrentaba la desaparición de su pueblo ni de su cultura. La prolongación de la guerra respondió cada vez más a la supervivencia del régimen y de sus líderes, no del país. Esta asimetría explica tanto la ferocidad soviética como la obstinación alemana.
La victoria del Ejército Rojo sobre la Wehrmacht fue real, aplastante y decisiva. Stalingrado marcó el punto de quiebre definitivo en Europa. A partir de allí, Alemania perdió la iniciativa estratégica y no volvió a recuperarla. Pero esa victoria tuvo un efecto duradero sobre la memoria histórica. El papel de la Unión Soviética como fuerza liberadora absorbió casi todo el relato posterior, mientras que el pacto con Hitler quedó relegado a un episodio incómodo, cuando en realidad fue central para entender el inicio de la guerra.

Aquí aparece una distinción clave. El nazismo era nacionalista y expansionista: conquistaba para anexionar. El comunismo soviético era internacionalista en su ambición imperial: no necesitaba anexar formalmente, le bastaba con instalar gobiernos obedientes que respondieran a Moscú. Esa diferencia permitió el reparto inicial de Europa Oriental y explica la estructura de los Estados satélite después de 1945.
Las derrotas militares no liquidan las matrices de poder. Las ideas, las prácticas y las síntesis políticas sobreviven, se adaptan y reaparecen en otros contextos.
América Latina no fue ajena a esa herencia. La Argentina ofrece un caso revelador. Juan Domingo Perón fue un observador atento de la Europa de entreguerras. Admiró el fascismo italiano, estudió el corporativismo y comprendió el valor político del Estado fuerte, del liderazgo personal y de la movilización de masas. Tras la guerra, la Argentina se convirtió en refugio de criminales nazis, con complicidades estatales que no pueden ser ignoradas.
El peronismo no puede entenderse como una ideología pura de derecha o de izquierda. Esa lectura siempre fracasa. Su fuerza radica en una síntesis. Perón encarnó el liderazgo vertical, el orden y la primacía del Estado sobre el individuo. Evita encarnó el discurso redentor, la identificación con los pobres y la retórica de justicia social. No fueron contradicciones, sino funciones complementarias dentro de un mismo proyecto de poder.

Esa síntesis no nació de la nada. Fue la adaptación local de una lógica ya probada: estatismo, liderazgo fuerte y discurso obrerista podían convivir sin conflicto. El pacto Ribbentrop–Molotov lo había demostrado antes en Europa. En la Argentina, esa matriz se expresó con otros símbolos, otros lenguajes y otros nombres, pero con mecanismos reconocibles.
Nada de esto convierte al peronismo en una copia del nazismo o del comunismo soviético. Pero sí lo inscribe dentro de una tradición autoritaria que sobrevivió a la derrota militar de 1945 y encontró nuevas formas de persistir. No como repetición mecánica, sino como continuidad estructural.
La historia no se comprende mirando solo sus desenlaces. Se comprende siguiendo sus hilos completos. El pacto Ribbentrop–Molotov no fue un accidente ni una traición inesperada. Fue una señal temprana de compatibilidades profundas. Y sus consecuencias no terminaron con la guerra. Persistieron, transformadas, en otros escenarios y bajo otros nombres.
Ignorar eso no vuelve a la historia más justa.
Solo la vuelve incompleta.

