La disolución de la Unión Soviética en 1991 marcó uno de los quiebres más profundos del siglo XX. Para algunos, significó el fin de un régimen autoritario e ineficiente; para otros, fue una implosión histórica cuyas consecuencias todavía moldean el orden mundial. La pregunta sigue abierta: ¿fue simplemente el colapso de un sistema fallido o la mayor catástrofe geopolítica de la Humanidad?
Video con Xabier Gandío y Juan Carlos Pérez Álvarez
Un imperio que se derrumbó desde adentro
Durante décadas, la URSS se presentó como una superpotencia global, con influencia militar, ideológica y económica en medio planeta. Sin embargo, bajo esa fachada se acumulaban problemas estructurales: una economía centralizada incapaz de competir con Occidente, una carrera armamentista insostenible, estancamiento tecnológico y una sociedad cada vez más desconectada del discurso oficial.
Las reformas impulsadas por Mijaíl Gorbachov, como la perestroika y la glasnost, buscaron salvar el sistema, pero terminaron acelerando su descomposición. En lugar de reformarse, el edificio entero empezó a resquebrajarse.
El impacto inmediato: caos, pobreza y fragmentación
El colapso no fue ordenado ni pacífico en términos sociales. Millones de personas perdieron ahorros, empleos y certezas de un día para otro. Estados enteros nacieron sin instituciones sólidas, con fronteras artificiales y tensiones étnicas latentes. La caída del Estado soviético dejó un vacío de poder que derivó en crisis económicas brutales, mafias, corrupción sistémica y guerras regionales.
En Rusia, el liderazgo de Boris Yeltsin simbolizó una transición abrupta al capitalismo, marcada por privatizaciones caóticas y una drástica caída del nivel de vida.
Un mundo sin contrapeso
En el plano internacional, la desaparición de la URSS puso fin al sistema bipolar de la Guerra Fría. Estados Unidos quedó como potencia hegemónica, sin un rival estratégico equivalente. Para algunos analistas, este “momento unipolar” desestabilizó el equilibrio global, favoreciendo intervenciones, guerras regionales y un nuevo tipo de desorden internacional.
No es casual que, años después, desde Moscú se defina aquel colapso como una tragedia histórica. No tanto por la ideología perdida, sino por la pérdida de poder, influencia y continuidad estatal.
¿Catástrofe o consecuencia inevitable?
La discusión sigue viva. ¿Fue la caída de la URSS una catástrofe comparable a las grandes tragedias de la historia, o el desenlace lógico de un sistema que había agotado su capacidad de sostenerse? Lo cierto es que su desaparición no cerró una etapa: abrió otra, marcada por conflictos no resueltos, nostalgias imperiales y un orden mundial todavía inestable.
Entender el fin de la Unión Soviética no es un ejercicio académico. Es una clave esencial para comprender las tensiones actuales entre Rusia, Occidente y el resto del mundo. La historia no terminó en 1991. Apenas cambió de forma.
