Por Juan Carlos Pérez Álvarez
Ursula von der Leyen planteó en su intervención una idea incómoda para buena parte de la política europea: la Unión ya no puede sostener por sí sola un sistema internacional basado en reglas que muchos otros actores simplemente no respetan. Según su planteo, ese modelo sigue siendo válido como referencia moral o como debate académico, pero el mundo real funciona de otra manera. Europa, dijo en esencia, debe partir de una constatación básica: el resto del planeta no ha recorrido el mismo camino político, institucional y cultural que ha recorrido la Unión Europea.
De ahí su llamado a una política exterior más pegada a la realidad. Un enfoque que parta de cómo es el mundo hoy, no de cómo Europa desearía que fuera. En ese terreno surgieron fricciones dentro del propio bloque. En las formas, el choque se habría producido con António Costa. En el fondo, la discrepancia apunta también al discurso de Pedro Sánchez, que suele apelar al lema “no a la guerra”, pero sin detallar qué estrategia concreta debería seguir Europa ante un entorno internacional cada vez más áspero.
La discusión revela un problema más profundo. Durante años, buena parte de la política europea ha seguido pensando en el orden internacional surgido tras la Guerra Fría, un mundo que ya no existe y que difícilmente volverá. La pregunta que flota en Bruselas es si la Unión quiere prepararse para el escenario actual o seguir reaccionando cuando las crisis estallan.
Europa conoce bien esas sorpresas. El 11 de marzo de 2004 en Madrid, el descarrilamiento de Angrois, tragedias como la de Adamuz o los desastres naturales recientes como la DANA en Valencia recordaron hasta qué punto los sistemas pueden verse desbordados cuando lo inesperado ocurre. El riesgo, advierten algunos dirigentes, es que en política internacional suceda algo parecido: grandes discursos, debates partidistas y pocas decisiones capaces de transformar realmente la capacidad de acción europea.
En el fondo, el dilema es simple y a la vez enorme. Si Europa quiere seguir siendo un referente de libertades y de identidad política en el mundo, deberá decidir si continúa defendiendo un orden que ya se deshace o si empieza a construir las herramientas para actuar en el mundo tal como es. Un mundo más duro, más competitivo y bastante menos previsible que el de ayer.

